2 + 2 = 5

 Me duermo a tu lado. Me despierto a tu lado. Sonrío.

Podría decir que soy la persona con más suerte del mundo. También podría decir que al fin aprendí a detectar las señales del destino. También podría decir que crecí, maduré, y aprendí a vincularme de forma sana. O que aprendí a elegir inteligentemente a quien amar. O que me conecté con mi intuición, me dejé llevar por ella, y terminé acá.

Paradigmas. Empíricos, esotéricos, filosóficos. No importa cuál es el verdadero, o aún si son todos verdaderos. ¿Quién se anima a argumentar los sentimientos? ¿Con qué argumentar los “por qué” más que porque así se quiso, de forma mutua, elegida? ¿Y por qué argumentarlos? Ese afán de querer encontrarle una explicación a todo… 

Decisiones que se toman, se aceptan, se ajustan. Se charlan y se amalgaman. Decisiones que dibujan senderos. Ningún sendero igual a otro. Como mucho van muy cerquita, se aproximan, se comparten, hasta se tocan; no se superponen. Cada sendero es único. Cada decisión acerca o aleja los senderos. 

Y acá estamos, dibujando una trayectoria que a fin de día se detiene por unas horas, comúnmente de noche, y no más de ocho por lo general (según el sistema sexagesimal). Hay días en los que esas ocho horas son un abrir y cerrar de ojos, aunque últimamente abro y cierro los ojos muchas veces durante la noche, para cambiar de posición y rodearte con los brazos, las piernas, o soltarnos, o besarte en los labios de prepo, o abrazarte por la espalda y depositar mi nariz entre medio de tus escápulas, para inhalar profundo e impregnar mi cerebro con tu aroma. Trayectoria que se vuelve a dibujar por la mañana, y otra vez, la tuya al lado de la mía. 

Te veo ser, desplazarte, recorrer la casa, a veces a más velocidad, a veces volvés a rebotar en mí. Llegamos a la esquina, y tu camino se abre a la derecha, a motor. El mío a la izquierda, a pulmón. Sé con seguridad que más allá de eso, los caminos siguen cerca. Sé que esa noche, o quizás la tarde del día siguiente, o quién sabe cuándo –pero no muy lejos–, las trayectorias vuelven a tocarse, quizá en la misma cama que hoy, la misma fiel espectadora de este amor tierno e inteligente, romántico y pasional, adulto y pueril. Sé que si no es esa noche será muchas noches más, todas las noches que podamos y queramos hasta que uno de los dos abandone este cuerpo material, para fundirnos en la energía del universo y ser uno con Dios. Pero no me conformo con algún día fundir energías cuando no seamos materia, porque hoy estoy viviendo esta vida, la única vida de la cual tengo recuerdos que alguien más que yo puede confirmar, y si es tan real esta vida, tan auténtica, tan única, entonces, si vos también querés, quiero compartirla con vos, quiero quedarme a tu lado, quiero trazar camino cerca del tuyo. Porque así lo decido, y también así lo querés y decidís vos. Quizá es porque tenemos la suerte de amarnos, porque el destino así lo quiso, porque supimos ver y dejarnos llevar por las señales, o por puro, purísimo azar… Hoy puede ser todo a la vez, aunque insisto: lo único que puedo afirmar es que elijo. Elegimos. Y si hoy estamos donde estamos, es porque así lo decidimos. 

Así que me despierto a tu lado, y me duermo a tu lado. Te miro con un amor que no me entra en el cuerpo. A veces hasta lloro, de alegría, de emoción. Por la casualidad de cruzarnos. Por la intención de conocernos, cuidarnos y seguir encontrándonos. Por tu inteligencia, y por la mía. Por nuestro poder de decisión. Por saber elegir lo que nos da paz y nos ayuda a seguir creciendo. Y te miro de nuevo, recién amanecidos, con la luz entrando por la persiana a medio cerrar. Y agradezco estar ahí. A tu lado, un día más. Amando. Acompañando. Cuidando. Compartiendo. Potenciando. Motivando. Eligiendo. Eligiéndonos.