Al oído, le respondo:
-Dejemoslas primerearnos. Al fin y al cabo, su tiempo vale más. Somos jóvenes. La muerte pareciera estar lejana. Aunque quizás salgamos y nos atropelle un coche, nos mate un chorro o nos parta un rayo. Tenemos tiempo para esperar. Y mucho.
Ana piensa un segundo. Se sonríe, y le dice:
-Pase usted, señora.
-Muchas gracias, hija, pero no te preocupes. Puedo esperar. Los años me dieron paciencia. Ya me vas a entender cuando tengas mi edad.