Acá no está.
Mira al cielo,
las nubes le perturban
el día a día, el existir.
Sabe que no deberían ser así.
Sabe que tanta geometría
no es compatible
con esa luz de día.
Otro bombazo, humo negro
se despliega cual cortina
interrumpiendo el turquesa
escondiendo al Sol.
Arden los ojos,
es la bronca,
o es el gas.
El llanto que surge,
y un pañuelo a la boca
mientras cierra las ventanas.
Un maullido, un ladrido,
en signo de protesta.
Saca el móvil,
filma, comparte, publica.
Mensaje a los amigos,
ya es cosa de todos los días
hace más de dos semanas
preguntando
una
y otra
y otra vez
si todos están bien,
si volvieron a casa
después de marchar.
Ira, tristeza,
odio, enojo.
Por momentos la empatía
de abrazar a un policía.
Por momentos la rabia
de responder a esa violencia
con su misma medicina.
Cerrar los ojos fuerte,
soportar la rutina,
de la casa al trabajo,
del trabajo a la plaza.
La mañana que pesa,
la salida que se ansía.
Salir no es libertad
en un pueblo reprimido.
Salir es ir a marchar.
Luchar por los derechos.
Derechos que se corresponden,
por ser pueblo.
Pueblo que merece respeto.
Las ganas de incendiar el sistema.
De usar la constitución
para encender una hoguera.
Otro maullido, otro ladrido.
El humo amainó, el gas ni se siente.
Los amigos están bien,
la tele que aún miente.
El pañuelo y la bici,
el móvil bien cargado,
la bandera en los hombros,
el alma entera para luchar.
Aunque no cesa
el miedo de salir
y perder más libertad.
Las ganas de llevarse
todo y a todos.
Volver a la celeste y blanca,
la tierra del asado y el tango,
tierra también hecha pedazos
pero que lo vio nacer.
Añora la tierra
pero no puede dejarlas.
Ellas lo mantienen en pie.
Son fuerza para el alma,
alma de lucha,
alma de guerra.
Son luz de cada día.
Son y fueron
motivo para conservar
la base que hizo allá.
Esa misma base
que lo hace quedarse.
Quedarse ahí...
Y no acá.