Una calle fría.
Cielo cargado.
No se calma la lluvia. Parece inagotable.
Los autos, los taxis, los colectivos. Pasan, empapan todo a su alrededor.
Inagotables los charcos que hacen de un transeúnte una cascada. Y no hay nadie que se acerque a escurrirlo (¿cómo lo vas a escurrir?).
Cielo cargado.
No se calma la lluvia. Parece inagotable.
Los autos, los taxis, los colectivos. Pasan, empapan todo a su alrededor.
Inagotables los charcos que hacen de un transeúnte una cascada. Y no hay nadie que se acerque a escurrirlo (¿cómo lo vas a escurrir?).
Y aquel del paraguas que te pasa por al lado cuando caminan justo por debajo de un toldito, y vos que fuiste por abajo de la lona para no mojarte recibís una cortina convexa de agua sobre la cabeza porque el del paraguas se ocupó demasiado de caminar para adelante y no pisar un charco. E insultás para adentro porque sos el que no llevó paraguas porque pensó que tampoco iba a llover tanto.
Pies fríos y una cara de jueves que parece cansada. Parece...
Pies mojados y un Sol ausente.
Los colchones se van a arruinar con todo esto.
Hay un cartón que hoy no fue suficiente.
Y el agua que se mete por todos lados.
Una frazada que pesa de mojada y ya no abriga.
Y el agua que se mete por todos lados...
Pies mojados y un Sol ausente.
Los colchones se van a arruinar con todo esto.
Hay un cartón que hoy no fue suficiente.
Y el agua que se mete por todos lados.
Una frazada que pesa de mojada y ya no abriga.
Y el agua que se mete por todos lados...
Las baldosas flojas juegan una mala pasada. Y por vez número mil, dejan una botamanga cubierta de barro. Y el agua que se mete por todos lados, que sale de abajo de las baldosas, que salpica desde los charcos, que se escurre de un transeúnte, que cae del toldo para rebotar en un paraguas y empaparte. Agua que surge, brota, no se detiene.
Y cuando ya imaginabas que no podía salir de ningún otro lado, ahí hay una nueva fuente, esa que ignorás porque no mirás, porque no querés mirar. Porque mirar te hace sentir culpa, o capaz te da asco, o capaz te da igual. Pero lo evitás, te cruzás.
Quizá preferís mirar para arriba y arriesgarte a que una gota gorda impacte contra una de tus córneas. Quizá preferís cerrar los ojos con la posibilidad de perder el equilibrio y resbalarte con el piso mojado.
Quizá preferís dirigir la vista al piso y no anticipar al gil del paraguas que ya sabes que te va a empapar cuando pasen por abajo del toldito de lona.
Quizá preferís dirigir la vista al piso y no anticipar al gil del paraguas que ya sabes que te va a empapar cuando pasen por abajo del toldito de lona.
Todo, todo eso, para no mirar ese cuerpo sentado bajo aquel techo, junto a su colchón, sus cartones, sus pocas posesiones -es todo lo que tiene-. Todo para no mirar esos ojos detrás de su echarpe de tercera mano, que envuelve su cuello, hecho agua.
Esos ojos que se funden con el cielo blanco, cubierto de nubes. Esos ojos tan gastados, que hoy son cielo, y también llueven. De buscar respuestas y no encontrar. Llueven sin parar. Llueven de tristeza, de ira, de bronca. Lloran de angustia, de miedo, de soledad.
Y el agua que se mete por todos lados.
Y el agua que se mete por todos lados.