Poder.

Conocer da herramientas. Métodos. Formas de llegar o alcanzar una meta, un objetivo. Medios.
En mi mano, un libro. Página 327, se enuncia un párrafo. Describe la signo-sintomatología, el plan diagnóstico y el plan terapéutico de la meningitis tuberculosa.
Mano derecha, otro libro. Página 54, ingredientes necesarios y gramos de cada uno. Harina, huevos, azúcar, etcétera. Enuncia, debajo, los pasos a seguir para transformar aquella materia prima en una torta.
Arriba de la mesa, uno más. Novela, esta vez. Capítulo cinco, el pájaro rompe el cascarón. El mundo debe destruirse, el hombre debe romper la realidad y el sistema de valores morales al cual fue sometido. Creará su propio sistema, para así convertirse en el superhombre.
Uno a uno, llegan a mí. Fluye de ellos información, que quizá no me es suficiente, pero tampoco indiferente. Cambio rutina, accionares. Me siento preparada para intervenir si un paciente se presenta con un Mycobacterium Tuberculosis haciendo estragos en su sistema nervioso central. Me siento lista si quiero prepararle una torta de cumpleaños a mi abuela. Me siento más reconstruida y desafiante si Hesse me sugirió que el sistema de valores impuestos por la sociedad no debe de conformarme.
Uno a uno, me dan herramientas. Yo las tomo, las dejo, uso y/o aplico. Mi capacidad de ejercicio no es, ya, la misma. Adquiero habilidades, desarrollo, maduración.
Imaginemos ahora la siguiente situacion: en mis manos, la posibilidad de darte a conocer este medio. En tu ser, la chance de leerlo, paso a paso, y analizarlo. Brindarte la información. Convertir mis sutiles defensa y coraza, ya no muy sostenibles, en una ventana traslúcida, completamente transparente, tanto que ni siquiera parecería encontrarse allí. Herramientas, medios. En tus manos. Poder.
¿Qué se hace con un poder como este? ¿Cuánto valor tiene? ¿Cuántas chances hay de posturarse desinteresado, y, simplemente, leer?
En la duda, tiemblo. Temblor leve que se hace moderado lentamente, rozando tangencialmente entre el deseo de hacerte conocer lo que me genera tu cercanía, y el miedo de darte, así, herramientas. Quién sabe si destructivas o constructivas en fin... Quién sabe si son un posible medio para que todo sea, aún, mejor.
Quién sabe, sin embargo, si todo esto que, para mí, ya es lo mejor, se disuelve a cenizas.
Quién sabe si vos querés tener esa responsabilidad... si querés este poder...
Mientras, sigo con las dudas, y sigo temblando. No es ansiedad, eso es bueno. Tal vez se agote. Aunque me gustaría que antes sepas que pregunté por vos. Y tu nombre resbaló de mi boca en susurro. Tu cara se hizo imagen en mi mente. Sentí ganas de hacerte conocer ese sentimiento que cada vez prevalece más. Así como conozco aquel tratamiento, aquella receta, aquella filosofía. Así como existiera la chance de que te introducieras en lo más hondo de mí, y encuentres que hasta el corazón tiembla. Y, solamente, lo compruebes, y sonrías. O, para mi temor, tomes esa información nueva conocida, y corras tan lejos como puedas, dejando acá y abierto de par en par este vidriado transparente que me expone y me debilita. Y convertirme otra vez en aquel estúpido resabio humano, con dificultad para no caer en la automatización. Con el miedo sumado de ser el hecho fuente de información, información que sintióse tierna y sincera, y terminó derrumbado otra vez este ser, para hacer aguas firmes en la profundidad del abismo, y volver a la misma historia de aquella vez.