el intento de no morir en el intento

Intenté convertir la puerta que había usado para entrar, en la puerta de salida. No hubo caso.
¿Por qué literalmente hablando es tan sencillo, pero cuando queremos llevar algo tan simple a una esfera subjetiva se complejiza de esa forma?
Era una gran idea. Si abrir la puerta permite entrar y salir, entonces busquemos de qué manera se entró en esto. Quizá con un análisis un poco más detallado de la situación descubrimos cómo salir usando los mismos artilugios.
Pero definitivamente una relación humana no puede compararse con algo tan terrenal como abrir la puerta de una casa para entrar a esa misma casa. Porque casa es en términos genéricos. Pero el ser humano que allí reside le llamará hogar. Aquel que lo visite, lo llamará "la casa de". Si es un hotel se le puede decir de varias formas, alojamiento, hostel, albergue transitorio, telo, hotel propiamente dicho. La subjetividad otorgada por el ser humano lo saca del esquema propio enciclopédico de la definición para sumarle un componente sentimental, afectivo, a veces positivo, otras negativo. Es por eso que la cama dejó de ser una simple cama cuando se durmió con el ser que se ama, y el descanso de la escalera dejó de ser un freno a los numerosos escalones cuando se discutió por última vez con aquel ser querido, y la habitación cálida y llena de amor de la abuela se convirtió en un lugar frío y desahuciado cuando la abuela murió. Pero la cama será siempre cama y el descanso de la escalera y la habitación porque conservan una identidad más allá del componente subjetivo que le podamos dar.
Por lo tanto es en vano incluso inverosímil creer que se puede llevar la objetividad de la definición al inmensamente abarcativo campo de las relaciones humanas. Porque la puerta por la que entré no va a ser jamás la misma para salir, porque salir a la fuerza en la soledad del abandono va más allá del intento de ser un ser libre y pleno de nuevo, sino el intento de no morir en el intento -valga la redundancia- y abandonar la automatización diaria, que nos condena pero nos justifica continuamente en ese tire y afloje de ocupar la cabeza para no pensar.