Si hay algo que inspire a los poetas, eso es el mar. Y estar acá, parada, frente a tanta inmensidad... Sólo me hace detenerme a pensar un poco más en lo que estaba pensando.
Pienso en las decisiones. Elecciones de cada día. Decisiones que moldean el destino, que hacen el camino. Camino que recorremos conociendo, mirando... Sintiendo. Y esto que siento me carcome el corazón. Día a día me está introduciendo en una especie de caja gigante de metal, completamente cerrada, aislándome. Diciéndome que antes de salir tengo que escoger una de las opciones. Diciéndome que tengo que dejar morir un sentimiento. ¿Y desde cuándo hay que matar sensaciones, por qué tengo que hacerle eso a mi corazón? ¿Por qué me siento de esta manera? ¿Por qué tuve que conocer a ambas personas en ese momento, en ese mismo lugar, y por qué ambas me iban a tocar el corazón de tal manera? ¿Acaso hice las cosas tan mal que, después de tanto tiempo sin querer a nadie, me veo en una maravilla extrañísima tal, que quiero a dos personas a la vez? Quién hubiera pensado que iba a ser tan difícil. Que mi corazón iba a pedirme a gritos que esa sensación pare, que la haga parar, que no siga dejando que prolifere, que invada todo mi cuerpo, que me consuma por completo. Y el corazón discierne una vez más con la razón. Y sólo se encuentran para hablar con vacío alrededor. Sólo se detienen a discutir el hecho de quién. Cuál. Mi mente pide elegir, y mi corazón pide que no duela. Pero la elección abandona lo descartado, y mi corazón duele sabiendo que hay que abandonar. Dejar ir. Dejar volar. ¿Y por qué debo hacer eso? ¿Por qué tengo la necesidad? ¿Acaso no podría ser de otra manera? ¿Más fácil?
Pero no. Lo fácil no enseña. Lo fácil sucede, y ya. No deja huellas. Ni marcas. Ni dolor, ni cicatrices.
Pero lo difícil... Lo difícil cuesta. Y cuesta tanto que viene acompañado de mil sensaciones mezcladas. Emociones que sólo suceden, que no son compatibles entre sí, y sin embargo están todas presentes en el corazón. Al mismo tiempo...
Y vengo acá, a esta playa, a este preciso lugar, a hacer mi duelo. Parada en este punto de la pasarela, sintiendo el viento, mirando el mar, escuchando latir mi corazón. Escuchando latir. Late, y late, y lo hace por alguien. Pero no hay un solo alguien. Hay otro, y eso me consume. La elección sólo cortó acciones. Descartó momentos. Terminó con su compañía. Pero, ¿y el sentimiento? El amor, ¿dónde se va? Si sigue acá. Yo elegí, pero el amor sigue. Yo elegí, pero los recuerdos están. Yo elegí, pero el alma sigue dividida. Yo elegí, porque era necesario. Pero no sé discernir del todo el bien y el mal. Soy humana, ahora más que nunca. Humana porque me arraigo. Me aferro. Y no quiero soltar. Yo que tanto vuelo, que tanto ansio volar... Estoy pisando la tierra más que nunca. Viviendo entre la espada y la pared. Eligiendo para librarme de la caja. Pero al decirle a mi secuestrador que ya elegí, que me deje salir, que necesito ver el sol... Él no me abre. Porque ve que la elección sólo me hizo abandonar hábitos. Pero el sentimiento sigue presente, y sólo seré libre cuando me libere de él. Mientras tanto, añoro esa libertad de pájaro que tanto desprecié aquel día que descubrí lo triste que era no sentir amor por nadie. Amor que ahora siento, y sólo quiero matar; porque sentir este doble amor, pese a que alimenta mi alma, me hace ser la responsable, y tener en mis manos, la fragilidad y debilidad de dos almas maravillosas, increíbles, únicas... Que tanto amo.
fue un
miércoles, enero 16, 2013