Anhelaba ese sabor.
Otra vez, sentirlos.
Sentirlos para sentirse viva.
Para sentir esa sensación de frenesí incontrolable
recorriendo cada centímetro de superficie de su cuerpo.
Sentirlo por el hecho de sentir.
Sentir algo diferente, volver a sentir.
Ese sentir raro que la cambiaba.
Diferente al sentimiento de cada día.
Sentimiento especial enfocado en él.
Y en nadie más que en él.
Extrañándolo, suplicando su presencia.
Deseando beber el elixir de sus labios.
Deseando sentirlo cerca, acariciándole la espalda, rozando cada parte.
Desenfrenándose.
Deseando vivir eternamente besándolo.
Deseando tenerlo y dejarlo, para así extrañarlo, y volver a su encuentro,
apasionada.
Días divididos,
días eternos
y días que cambiaban de color al ver una foto suya.
Pero no salían del opaco, de tonos pasteles, de escalas de grises.
Faltaba brillo, vida, esplendor.
Su ausencia generaba eso...
No veía la hora de volver a tenerlo.
Aunque sea dos instantes.
Para arrancarle un beso que la alimente,
sentir su respiración en su oreja,
su corazón latiendo, pegado a su pecho,
y deshacerse, derretirse, desvanecerse
en sus brazos.