Suenan más alto y se llegan a escuchar,
gritos extendiéndose en la noche.
Mientras cierra los ojos y se deja llevar,
ve en su cara el color del horizonte.
¿Es acaso real? Debe de ser un sueño.
Quizás sea marioneta en un pensamiento,
de alguien, que lejano, esté imaginando.
Grita de vuelta, parece escaparse,
pero algo le hace volverse a mirar.
Sujeta su cuerpo, deseando despertarse,
pero está despierta, cuerda, allí.
Cierra los ojos fuerte, se refriega,
de vuelta, observar
y otra vez, sorprender su cabeza,
sigue allí, parado.
Era real! Sí!
Así lo era.
No era su imaginación,
y si él era un sueño de alguien,
ella también lo era.
La realidad la golpea,
tanto tiempo, realidad esperada.
Jamás imaginó que llegaría.
¡Cuánto la había deseado!
Imaginado, proyectado.
Pero tanto había tardado...
Ya se había resignado.
Y allí estaba él,
él, su amado,
él, el soñado,
él, a quién supo que amaría
desde ese momento y para siempre.
Allí estaba él,
con sus brazos abiertos,
sin fronteras ni límites,
esperándola dispuesto,
para abrazarla,
curarle los males,
acariciar sus mejillas,
oler su cabello,
acurrucarla en un sueño,
y suavemente, en silencio,
amarla, despacio,
amarla, perfecto.
Era real! Sí!
Así lo era.
Y si él era el sueño de alguien,
ella también lo era.
Vivirían en el mismo sueño,
juntos, sin dejarse,
llevándose por el impulso del amor
que latía a cada segundo,
recorriéndoles el cuerpo,
desenfrenándolos.