La soledad desesperada que se encuentra en su mirada se escondió con el sol, se fue y la liberó.
Esperará hasta que amanezca, sin saber si lo prefiere, si elegir ver la luz, o vivir a oscuridad.
Va recorriendo muy despacio, caminando las baldosas, cada día el mismo rol, la misma rutina.
Y se apoya en esa pared, ese espacio que ya muchos conocen a la perfección.
Y ruega al cielo unos pedidos, se lamenta por sus niños,
pero ya no aguanta más escucharlos llorar.
Tienen hambre! Tienen frío!
Sus miradas, falta brillo.
¿Cómo hallar la solución? Si no hay ni una pensión.
La plata es poca y cada boca debe ser alimentada,
los huesitos que se ven a través de su piel.
Pero sus caritas le dan esas alegrías, y piensa que aunque su amor fue desperdiciado,
sirvió para traer al mundo a los colores de su voz.
Y a ella no le queda otra que armarse de valor, y buscar en esas calles el sustento,
dando a cambio un poquito de ese inventado amor.