Mis pies se separan del suelo alternativamente dando lugar a pasos de baile, tantos pasos como beats por minuto. Siento la respiración de ese alguien cerca de mi rostro, puedo ver que nos separan unos centímetros. Nos sonreímos y nos decimos tantas cosas sin hablar. De mi cuerpo surge una energía que impacta con el universo. Del suyo, también. Se conectan allí a lo lejos, cerca de algún astro poco estudiado, pero en la misma frecuencia ambas.
Su piel es suave y cálida. Ya sé su nombre. Él sabe el mío. Conectan los cuerpos, más aún bajo estas luces y esta música que habla por nosotros. Conectan las almas que se entregan al ritmo, al innegable placer de sentirse vivo. Impacto maravilloso que tiene sobre nuestras mentes, dándonos poder, generando ese sentimiento indomable y magnífico de todo-lo-puedo. Los límites parecen desaparecer. Tanto los que conocíamos como los que ni siquiera sabíamos que existían. Límites que nos encadenaban día a día. Casa de rejas, sin puertas, que dejaba apreciar el mundo desde el sitio sin salir a sentirlo. Sentir, justamente. Poner cada sentido al servicio de la percepción plena. No solo mirar sino también tocar, oler, oír, saborear. Llevarse esa flor a la nariz y respirar hondo. Beber el agua con tantas ganas y sentirla recorrer cada uno de los órganos que intervienen en la deglución. Apoyar la boca en el cuello de este alguien ya nominado, que me sujeta la cintura mientras continúa con ese juego de mover las yemas al ritmo de los beats.
Cierro los ojos por un rato, él también. Somos dos rodeados de miles, pero los hacemos desaparecer. El recinto se transforma en el universo, las luces son los astros, la oscuridad es el resto del espacio.
Volamos, sí. Aunque no tengamos alas. Corresponde con nuestra definición de volar. La sensación de sentir que flotamos en el aire. Quizá una lágrima inocente rueda por la mejilla. Es el sentimiento de la vida expresándose. Vida que brota por los poros, vida que se percibe con los sentidos, vida que transcurre en espacio-tiempo con cada sonido, cada paso, cada movimiento. Revoleamos los brazos en el aire turnándonos para no dejarnos de sentir el uno al otro. Quizá nos abrazamos y disfrutamos del calor. Quizá nos besamos y disfrutamos del amor. Ese amor compartido por la vida, por sentir, por exprimir los segundos de existencia haciendo valer el momento. Momento que se impacta en el límbico para grabar a fuego un recuerdo. Recuerdo que -espero- regresará como un flashback con la próxima dosis, con un océano entre medio, miles de kilómetros y ¿simples? mensajes de por medio. Y que así sea.