sábado

Se paró frente a la puerta, con firmeza, bastante más firmeza que la que venía logrando últimamente. Aún así, le temblaban un poco las piernas.
El vidrio esmerilado dejaba traslucir la luz del interior, señal de que alguien estaba allí dentro, trabajando. Eso le daba seguridad. Era la ocasión ideal.
Hacía un tiempo, exactamente ese mismo día de la semana pero un mes atrás, lo había interceptado en el pasillo, espontáneamente. Intercambiaron un saludo cordial, algunas palabras, una risa nerviosa. La mano en su hombro al despedirse luego de esa interlocución de no más de 5 segundos se sintió tan cálida, idealmente cálida, similar a esa calidez que ansiamos los días de invierno y que no molesta los días de verano. Sonrió de costado mientras ella observaba detenidamente los detalles de su rostro; quería preservarlo, no sabría cuándo volvería a cruzarlo.
Esos encuentros eran en absoluto impredecibles. Lo asociaba a una buena suerte, dependía de la racha con la que se sintiera ese día. Le transmitía un buen augurio verlo, aunque no supiera mucho de él, aunque no entablaran una conversación muy extensa, aunque ni siquiera los uniera un saludo con un beso en la mejilla.
Compartían piso durante horas, un largo pasillo separaba sus puertas. Dos equipos de trabajo diferentes dentro de cada sitio, cada cual con sus tiempos y sus ritmos. Si coincidían la hora de almuerzo, la necesidad de calentar un café en el microondas, las ganas de orinar, el horario de entrada, el de salida; eventos diarios del día de trabajo que los llevaran a coincidir, resultaba en cruzarse a medio camino y decirse "hola".
La motivaba la posibilidad. Dependiendo de su humor, el interceptarlo hacía que se sintiera mejor. Había días que le era sumamente necesario. Lo deseaba con tanta intensidad como quien desea bajo una estrella fugaz, o al arrojar una moneda en una fuente, o debajo de un puente por donde pasa un tren. Otros días, quizá por distracción, por tener la cabeza ocupada en otras cosas, sus pensamientos se escapaban y se olvidaban un poco de él. Y, como quien no quiere la cosa, mientras venía distraida, absorta en sus preocupaciones, su cuerpo surgía desde atrás de una puerta entornada, aquella misma del vidrio esmerilado. Lo veía de golpe y la tomaba por sorpresa. Sonrisa, un saludo al pasar, ella temblaba un poco y se preguntaba cuando iba a lograr vencer el miedo de comenzar una conversación, sin exponer por completo todo el interés que escondía.
No la atemorizaba el ridículo o el rechazo, suficiente emoción le generaba tener nuevos sentimientos, después de tanto vacío. Simplemente no quería asustarlo, o cohibirlo. Ser apasionada le había jugado a favor y en contra, dependiendo de las circunstancias... se había dejado llevar tantas veces, y, sin importar si erraba o triunfaba, responsabilizaba a la pasión y no a su raciocinio. Le costó mucho crecer y volverse más calculadora y fría. En aquellos momentos seguía un impulso de atracción hacia el resto de las personas: más grandes, más pequeñas, mujeres, hombres. Una fuerza del medio de su pecho surgía, tan intensa y duradera, que alcanzaba al ser de interés con mucha velocidad. El otro individuo percibía esa energía, y cuando por fin entablaban contacto o conversación, con sus ojos le decía "te estaba esperando". Con algunas personas forjó un lazo fuerte, que perdura en el tiempo. Amigos y amigas que se perpetúan, conocidos de la vida, seres que nunca más cruzó, pero a todos los marcó en la memoria.
¿Sucedería algo similar? Un sentido extra de intuición le sugería que hoy era el día. Quien creyera en la astrología, ora por acción de las estrellas, ora alineación de los planetas; un religioso, un acto de Dios; un ocioso, el azar. Ella sentía su intención, la energía de su pasión, la emoción de llevar a cabo el encuentro y poder, al fin, conversar.
Levantó el brazo con firmeza, la mano de puño, respiró hondo. Se aseguró de que nadie estuviera en pasillo. Esos sábados en el instituto eran solitarios y tranquilos, de aquellos que podría prolongar durante muchas horas, sentada en el escritorio de la computadora, trabajando en algo relativo al laboratorio, o no. Simplemente pasar parte de su tiempo allí dentro, que ya le representaba una casa más, un techo sobre el cual dejarse crecer sin límites ni lineamientos.
Él quizá estuviera en esas condiciones, quizá trabajando en algún experimento, o leyendo otra cosa, un libro de literatura, la historia de algún músico. Quería saber eso. Saber sus gustos e intenciones. Sus aspiraciones. Qué se escondía detrás de su persona. Quizá futuro amigo, hermano, compañero eterno, alma pasajera. Esa fuerza tiraba de sí como hacía mucho no sentía. Esa fuerza la arrastraba a esa puerta, la obligaba a golpear, a preguntar, a arriesgarse.
Respiró hondo, recomprobó que nadie estuviera paseando por el largo corredor. Juntó ánimos, esbozó una sonrisa de picardía, y quebró la muñeca, impactando sus nudillos contra el translúcido material.
Uno, dos, tres tocs. Su incipiente compulsión la llevaba a elegir tres. No oyó ruidos en el interior. Se repreguntó si realmente era el momento. Quizá se habrían olvidado la luz prendida. Quizá había salido un momento, quizá estaba en otro lugar del piso. Quizá era la luz del sol atravesando la ventana central que daba al pulmón del edificio, que al incidir sobre el vidrio simulaba una luz prendida. Sintió un ruido. Una silla se corría. Alguien venía a abrir.
Fueron, probablemente, tres de los segundos más largos de su vida. Durante esos segundos su cabeza recorrió un sinfín de posibilidades. ¿Y si no estaba trabajando él? ¿Si era una compañera o compañero? ¿Si estaba él, pero no estaba solo? ¿Si interrumpía un trabajo de suma envergadura? Pensó en correr y alejarse. La puerta estaba a unos metros. Solo debía apurarse y dar dos o tres zancadas, con la punta de los pies, así sería más silenciosa.
Mientras su mente barajaba los posibles futuros, la puerta se abrió de par en par. Sus lentes y sus rulos alborotados lo identificaron al instante. Ella quedó estupefacta, como quien ve a un fantasma.
-Hola! ¿Cómo estás?
Se acercó con decisión y la besó en la mejilla. Enseguida sintió la sangre subírsele al pómulo, que enrojeció en un santiamén, como cuando la emoción nos invade.
Entablaron una pequeña charla. Ella, con esos rasgos de niña pero sus ojeras de adulta, no podía ocultar su curiosidad. Él, amable, con una sonrisa que le transmitía calma, esa calma que buscamos en el amanecer de verano, en el cielo estrellado, en una canción bonita, bajo el techo del hogar. ¿Cómo explicarle a un individuo ese sentimiento? ¿Cómo hacerle entender que un par de labios estirados cóncavos hacia abajo, con dos hoyuelos bien marcados, y unas mejillas rosadas, la hacían sentir "en casa"?
La invitó a pasar, le ofreció café. Conversaron mejor que en los pensamientos de ella. Hablaban, silencios pequeños, seguían hablando. Otro pequeño silencio, y ella no se incomodaba. Otra pequeña charla, y se sonreía, y festejaba los tres golpes, la decisión tras la puerta, el trabajo realizado, el impulso aceptado, la dicha hecha circunstancia.
Se despidieron tras dos largas horas de charla incesante. Detalles de sus personas, preguntas de interés acerca del otro, respuestas algo evasivas y embebidas en una pequeña vergüenza que caracteriza a las personas cuando la confianza está en pañales. Rieron, se pusieron serios, intercambiaron opiniones. Otro beso en la mejilla, un pequeño abrazo. "Nos vemos en estos días" exclamó ella, "el pasillo nos va a cruzar" dijo él. Sonrisa de por medio, mirada de soslayo, cierre de la puerta detrás de su espalda. Los ojos le brillaban con la fuerza de una galaxia. Algo acababa de comenzar.