Ante la belleza de este Paraíso, sucumbo.
Infinito Mar, cuna de amores, fuente de vida,
a veces suave, a veces violento,
quizá más o menos frío,
pero siempre inmenso,
mágico, mío.
Es mío y soy de Él
porque me posee.
Viro en sus girones,
sueño entre la espuma.
Clara y tierna espuma
algodonosa, salada.
Me congela el alma y sumerjo mi cabeza,
el sonido se apaga, los oídos estallan.
Estoy envuelta de Él, no soy yo, soy Eso.
Soy parte, me fundo, revivo.
Soy agua y océano, soy Paraíso, soy Mar.
Correntada de valor que se anida en mi cabeza
mientras bailo con los peces
(y no quiero emerger).
Soy mar porque quiero, porque puedo,
porque el paraíso está al alcance,
y me da felicidad.
Dejar la humanidad por un rato,
los sinsabores y la agonía
del día a día,
culpa de las elecciones,
culpa de la amargura,
o quizá, para los creyentes del azar,
de la mala suerte, de la desdicha.
Dejar la preocupación aún cuando me descubra
volviendo a respirar en la superficie,
porque esa energía no se va.
Sigue acá, dentro mío,
me llena el alma, ralentiza los latidos,
esboza la sonrisa, me regala paz.
Es percepción quizá, o sólo una ilusión,
un invento imaginario para hacer sentir bien.
Pero allí viven mis sueños, jugando entre las olas,
nadando sin parar, sin rumbo definido.
Están allí, puedo verlos, me sonríen.
Son luz en mi camino, son esperanza, incentivo.
Y no quiero irme nunca.
Y si me voy, aún así no se pierden.
Porque son eternos. Porque son míos.
Porque los sumergí en mi Mar amado, los convertí en Paraíso.
Los convertí en infinitos.
Y no van a morir nunca.