Nos veo allí.
Me duele admitirlo. Nos sigo viendo.
Ese sentimiento no se apagó nunca (quizá por eso es que sigo contactándote).
Nos veo allí con el hogar prendido. La suavidad de tu piel me hace llorar. El brillo de tus ojos me hace sentir en casa. Tus brazos abrazándome me recuerdan que es inútil buscarle el sentido a la vida. Que buscarlo no encuentra. Que el sentido está allí y me alimenta, me agrada.
Ruboriza mis mejillas el fuego que despide la leña. La necesidad de un beso me mata pero puede esperar. Lo ordinario pierde importancia cuando todos los sentidos están puestos en cosas tuyas. Tus labios, tus manos, tus ojos, el pelo, el cuerpo. Toda esa piel. Toda tanta piel. Tanta para mí y toda para mí y sin dudarlo paso mis manos por cada centímetro como si tu cuerpo fuera mío. Y quizá lo sea en ese momento y quizá el quizá se puede borrar para olvidarme de que existe el quizá y sentirme dueña y sentirte mío y sentarme y besarte y amarte como nadie jamás lo hizo. Y mirarte y apreciarte y recordarte para siempre para no olvidar nunca el sentimiento de la locura de amar sin pedir nada a cambio, de amar hasta la abnegación. Y ahí nos veo, abrazados en el fuego, intercambiando risas, algún que otro beso, debajo de las frazadas concentrándonos en eso: en grabar en nuestras mentes los momentos. Imborrable porque quiero, aún si se termina (de hecho, terminó). Aún si la vida nos aleja los caminos (de hecho, los alejó).
Y nos sigo viendo. Nos veo allí.
Nos imagino. Nos sueño.
Y eso así sigue. Así es y está siendo.
Así es y parece que será. Por cuánto tiempo más...