Del sí al no. Del no al sí. Pero todo será dentro de su cabeza (y no va a salir de ahí).
Atravesando algunos "no sé", acompañados de alguna sonrisa. Sonrisa que es real -no forzada, esta vez-. Sonrisa que por momentos se desvanece pero no se va para siempre. Permanecerá algunos momentos dando vueltas en el aire para volver a estamparse contra su cara y quedarse un rato más. Y volver a irse, y volver a aparecer. Así vive, así crece, se espanta y vuelve a reír. Se aleja de todo para volver rápido porque sigue teniéndole miedo a llorar. Porque le cuesta, no tiene la fuerza (en realidad sí, pero la está usando para otra cosa). Porque los fantasmas son eternos y no se van a ir jamás. Y cuando se queda sola se aparecen, la azotan, la mecen, le hacen cosquillas, le gritan, le mezclan las memorias, agitándole la cabeza y el corazón (agitan tantas cosas). No son más que ella misma y su capacidad de ser humana y razonar. Vivir por impulso y por razón. Usar su capacidad de cognición y hacerla coexistir con el sentimiento incontrolado y espontáneo que surge entre los dos cuando, inevitablemente, lo ve cada fin de semana. "¿Por qué no dejarlo ser?" se pregunta allí parada, mirándole la melena rubia que le tapa media cara. Y así congelada, mirando sin decir nada, con 12 botellas en sus manos que en esos momentos pesan tanto como el pasado. Y el pasado pesa y no deja de pesar, y un gusto amargo le recorre la garganta, hasta que él la mira, y cruzan miradas, y mirar a veces duele (más que a veces, duele siempre), y mirar lastima. Mirarlo rememora, la arruina, y sale corriendo con sus 12 botellas que juntas no harán ni alcanzarán al mar de lágrimas, que brota de golpe hace más de dos años, y que no parará de brotar porque así brotan las cosas cuando el amor se hace notar.