Al menos se dio cuenta de que lo que hacía por él, lo hace por todos. Que esa preocupación, ese desvivirse, ese interés desmedido en cómo estaba, cómo se encontraba, qué estaba haciendo, si estaba bien, mal, feliz, triste, y todo lo que ella sentía que quería decirle y preguntarle, no eran exclusivas de él; ella es así, así con todos, así todo el tiempo con cada persona que le importa.
Pero se dio por vencida porque cuando sólo importa de un lado y el orgullo toma el poder, el alma sale lastimada, tarde o temprano. Y no quiere que se lastime porque duele y sangra, y no hay curitas suficientes que paren la hemorragia. Por eso simplemente decidió dejar de luchar, rendirse y abandonar la batalla que no llevaba a ningún lado más -ni a ese sitio que solían frecuentar-.
Aprendió que, aunque sea pequeñita, todavía tiene luz para brillar. Luz que debe ser perenne [no debe dejar que nadie se la apague].
Será feliz donde sea porque así fue siempre, así es ella. Y así siempre lo será.