Y el amor de repente se convierte en una unidad única e irremovible, hermosa, intrínseca al alma. Ya el alma no es si no ama. Como ese amor que viene desde la cuna, hacia el padre, la madre, el hermano. Es un amor que perdona porque ama y ama sin barrera ni medida alguna. No se mide porque es infinito y no tiene barrera porque supera cualquier límite, va más allá, se prolonga a través del tiempo. El tiempo, justamente, que une y crea, que se desenvuelve y no vuelve nunca, no se repite, no da chances de cambiar lo sucedido. El tiempo que regala segundos únicos, llenando nuestras manos de horas y días para gastar, compartir, invertir. Y allí aparece la decisión de cómo pasar el tiempo, y surgen opciones, y sentimientos, y emociones. Crecen en base al tiempo, porque el tiempo permite crecer. Y allí están, surgiendo del alma en torno a un hecho fortuito que nos determinó a estar ahí, coincidiendo en tiempo y lugar, con cada persona que irrumpe en nuestras vidas. Se crean lazos envueltos en el tiempo, días especiales, momentos resaltados en la línea temporal. Historia, inicios, finales, aperturas y cierres. Crecimiento, cambio de talle, kilómetros recorridos. Amanecer y ocaso, lluvias, días soleados. Tiempo pasando. Y ahí, conociendo el alma, eligiendo compartir el tiempo. Amando el tiempo compartido. Siendo compañeros de vida. Dándonos la mano, perdiendo la noción del tiempo.