¡Que salte! ¡Que siga saltando!
Que no pare de saltar.
Con lo que me gusta verlo danzar en los aires...
Admiro sus mímicas. Me enternece la torpeza.
Y no hay parte de su cuerpo que no me enamore.
Completo para mí, me entrega su alma.
Yo le doy la mía y me siento liberada.
Allí van las dos, almas fugitivas,
seres unidos cabalgando por el cielo
en carrozas prendidas fuego que no paran de avanzar.
Avanzan más y más buscando alcanzar el Sol,
que lejano se alza para llenarlos de calor,
pero el brillo propio es más fuerte
y toda la pasión los encendió.
Vuelan alto, se siguen yendo,
derechito hacia ese lucero,
dando vueltas con el viento
en una ráfaga, envueltos.