Familia con vos

 Me pasás por al lado. Te detenés un momento. Estoy de espaldas, atención puesta en la pantalla, bolígrafo en mano, apuntando ideas acerca de la malnutrición en ancianos. No pude evitar también darme cuenta de tu presencia en la habitación; mi corazón se agita por sentirte cerca, y continúo atendiendo la clase. Los ancianos necesitan de un entorno social continente. La docente refiere que sus abuelos fallecieron con noventa y seis años, independientes, bailando hasta el último día, y con una diferencia de seis días; menciona algo sobre la simbiosis. El órgano de la piel es sensible, con tal sutileza y detalle, que detecto que en la línea media de mi espalda, a la altura de mis vértebras lumbares, posaste tus labios para darme un beso tierno. Beso sentido, cálido, en un sitio que dudo que alguna vez alguien más haya besado; quizá mi madre alguna tarde de verano cuando me encontró dormida boca abajo y destapada intentando soportar el calor, y ya. Conoces mi espalda más que yo, que no me la veo, pero sí la siento, y reconozco lo que viene en tu beso: el amor. Y lo reconozco como lo más importante de la vida, de nuestras vidas, y no me refiero al amor que nos podemos imaginar romántico y sensual, ni al sentimiento mutuo entre nosotros; me refiero a nuestra capacidad de amar; cómo puede concentrarse el amor en un simple beso en la espalda, y el tiempo, aparentemente ínfimo, que lleva detenerse a mi lado para estamparme la lumbar, enviándole a mi cerebro una señal táctil con la forma de tus labios, con la temperatura de tus labios, con la humedad de tus labios. Cierro los ojos para borrar un sentido; la clase continua, dejo de escuchar. Mantengo mi consciente en esos segundos que dura el beso y respiro, respiro profundo por la nariz porque me ayuda a concentrarme, y los segundos se alargan, no en la realidad sino en mi mente, como si lograra ralentizar el paso del tiempo. Y la estampa de tu beso permanece, tus labios se retiran, sonrío. No buscas algo a cambio, te detuviste un momento para regalarme algo, y yo, me dispuse a recibir. Te alejás despacio. Te fuiste de nuevo a tus quehacecres, yo continúo escuchando la clase y tratando de comprender cómo diagnosticar la fragilidad en un anciano. Dejaste un beso en mi espalda y una sonrisa en mi cara. Dejaste un deseo de recibir un nuevo beso; creaste una necesidad de que sea devuelto. Nos imagino abuelos, envejeciendo despacio y de cerca, cuidándonos con estos detalles, que pueden sonar pequeños. Pero para mí representan la sonrisa del amor que se me dibujó desde entonces, y quedó impresa en mi rostro. Amor que no precisa de palabras para expresarse; basta con los gestos dulces y puros que nacen del sentir, que me generás, que te genero. ¿Seremos algún día como esos ancianos cuya fuente de energía vital estaba, en parte, en el amor recíproco? Hoy lo admito. Hallo en tu amor una fuente de energía que no esperaba, que surge de la nada, como un bonus track al final de un disco que no esperaba, como un regalo de sorpresa por una compra, como cuando aparece una planta nueva en el jardín porque un pajarito diseminó la semilla. 

Seguís ahí, en el taller. Sigo acá, en el atelier. Siento algo entre nosotros que sale de nuestro pecho, nos mantiene unidos, así nos acerquemos o alejemos. Y escribo y releo, me parece insuficiente todo este discurso, incoherente, que no llega a nada, que no describe la verdadera esencia; es que no se puede, la esencia no es descriptible, solo se siente, y la sentimos, pero igual insisto y escribo, quiero dejar un documento para que vos también te acuerdes del beso que me diste, y que sepas lo que provocaste, todo lo que despertaste, los recuerdos, el sentirme amada, la vivencia familiar... familia. Esa es la palabra.